La Pascua y María

Resultado de imagen de Virgen María Queridos amigos:

Quisiera enviaros un cordial saludo a todos y aprovechar la ocasión que me brindan estas líneas para invitaros a vivir con intensidad estas fiestas de Pascua.

Vivir bien la Pascua supone ejercitarse en unas virtudes que, a pesar de la apariencia, son duras, aunque esenciales para la vida cristiana. Esas virtudes son la alegría, la paz interior, la verdadera esperanza.

Ser alegre cuando todo va bien y la vida me sonríe, no es una virtud, sino el fruto humano espontáneo de un corazón que recibe lo que quiere. La verdadera alegría cristiana, la que es una virtud muchas veces heroica, es la que no depende de que obtenga todo lo que anhelo, sino que permanece inalterable en medio de las dificultades, porque se fundamenta en Dios.

Esa alegría espiritual es compañera de la verdadera esperanza, que consiste en la convicción de fe de que Cristo resucitado es más fuerte que cuantas penas nos aquejan.

En el fondo, la alegría pascual y la esperanza cristiana se nutren de la paz que proyecta el encuentro con Cristo resucitado. Una paz que es compatible con conflictos, dificultades y desconciertos; pero que es indestructible porque no se funda en lo humano, sino en Dios.

Si queréis encontrar estas virtudes en estado puro contemplad a María. Sin duda, nadie ha vivido jamás la Pascua como ella: con ese gozo incontenible, con esa paz indestructible y con esa esperanza ilimitada.

La grandeza de María no fue vivir la Pascua la mañana de resurrección, sino vivirla en fe ya en la misma tarde del viernes Santo; donde, en medio del dolor y de la angustia, mantuvo la paz interior y la esperanza en Dios. Su alegría brota del dolor de la cruz.

En estos tiempos de dificultades en que muchos tenéis sobrados motivos para la tristeza y la angustia humana, donde por mil situaciones dolorosas podríais sentiros justificados para el desaliento, la Iglesia os invita a vivir la verdadera Pascua de la mano de María. Porque es en la noche donde surgen los sueños más hermosos y es en la prueba donde madura un corazón verdaderamente grande.

Que a imitación de nuestra Madre, en medio de las penurias de cualquier signo, recordemos que “el Señor no abandona a su Pueblo”, y que la verdadera alegría, la duradera, nace del encuentro con Cristo resucitado.

Que Dios os bendiga.

 

 

 

 

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