Evangelio  (Mt 3,13-17)

Se bautizó Jesús y vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
–«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
–«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los cielos que decía:
–«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Comentario

Jesús siempre desconcierta. Durante treinta años ha estado silencioso y oculto, él que es la Palabra y ha venido a iluminar. Y ahora, cuando por fin inicia su ministerio público, lo primero que hace es ponerse en la fila de los pecadores para recibir una purificación que no necesita. Es comprensible el desconcierto de Juan. Él es el que el que pertenece a la humanidad pecadora. Jesús, no. Pero él «no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hbr 2,11), y de estar entre ellos, apareciendo como uno más, como si también él tuviera necesidad de ser purificado. ¿Yo eludo compartir con los demás las angustias, incertidumbres y dificultades de la condición humana? ¿Soy cercano y acogedor con todos los hombres y sus debilidades? ¿Pongo distancia con los pecadores porque me siento mejor?

Pero él no está ahí simplemente como una expresión de solidaridad. El Hijo de Dios no se hizo hombre sólo para manifestarle su cercanía, sino para salvarlo. Él se ha acercado al Jordán para santificar un agua que hasta ahora sólo purificaba ritualmente, pero que no podía transformar profundamente al ser humano. Cuando Jesús se sumerge en el río destiñe divinidad. Desde entonces, todas las aguas reciben un poder nuevo, cuando sobre ellas se invoca a la Trinidad. Lo mismo que la cruz, patíbulo de ajusticiados, se convierte en lugar sagrado de salvación, al contacto con el dorso de Cristo; así, el agua natural se convierte en fuente de vida eterna al contacto con el cuerpo de Jesús. Él no se baña para limpiarse, sino para que su limpieza divina se aloje en las aguas bautismales. ¿Hago partícipes a los demás de mi riqueza? ¿Impregno todo de mi condición de hijo de Dios? ¿Mi contacto purifica a quien se acerca mí?

La paloma y la voz de los cielos son la primera revelación pública de la Trinidad. Nadie podría haber sospechado un misterio incomprensible para los hombres, que Dios es una familia. Los cielos abiertos manifiestan que se han roto las fronteras entre el cielo y la tierra, y expresan públicamente lo que misteriosamente había acontecido en el seno de María. El Espíritu Santo posándose sobre Jesús expresa que él es el Ungido de Dios, el Mesías prometido que había de estar revestido de los dones del Espíritu Santo. La voz del Padre da testimonio del ser profundo de Jesús, y avala su ministerio. No viene por cuenta propia, sino en nombre del Dios eterno y con su poder. Dios se manifiesta como familia para recomendar a su Hijo ante los hombres pecadores. ¿Acojo a Jesús como al Hijo de Dios, lleno de sabiduría y poder divinos, o le reconozco grandeza simplemente humana?

Las palabras del Padre son muy elocuentes: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco». Nos da lo que tiene, a su Hijo amado. Nos da lo único que le complace y le llena de gozo. Encomienda a los hombres pecadores la fuente de su alegría. Adán quería ser como Dios, y Dios nos regala gratuitamente el fruto del árbol de la vida. Eva quería la vida divina y Dios nos la regala en su Hijo. El Padre pone en nuestras manos todo lo que es y posee. Dios, que se complace en su Hijo, quiere que le acojamos para poder ahora también complacerse en nosotros. No le envía para saldar cuentas, para cobrarse nuestra deuda, sino para pagar él nuestro saldo negativo. ¿Soy consciente de lo que se me ha regalado?