Evangelio (Mt 28,16-20)

Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
–«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Comentario

Incluso poco antes de la ascensión los discípulos siguen dudando («Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron»). Después de todas las apariciones y de haber comido y bebido con Él después de la resurrección, siguen algunos dudando. Se cumple lo que dice el Señor: “El espíritu da vida, la carne no sirve de nada” (Jn 6,63). No basta con ver y tocar, se necesita la luz de Dios para comprender y creer plenamente. Por eso, se va Jesús, «Porque si no me voy no vendrá a vosotros el Espíritu Santo» (Jn 16,7). Es la fuerza del Espíritu la que nos permite adherirnos completamente a la revelación de Jesucristo.

Por la resurrección la naturaleza humana de Jesucristo detenta el pleno poder de todo lo creado. La ascensión no es sólo la elevación de su Cuerpo al cielo, sino su coronación: su “elevación” al trono de los cielos para ejercer su poder de Soberano y Señor de cuanto existe. ¿Vivo lleno de confianza sabiendo que nada escapa ya a su poder y su amor, o vivo angustiado como si mi vida estuviera amenazada por poderes ciegos que escapan a mi control?

Las últimas palabras de Jesucristo antes de tomar posesión de su Trono son un envío. Su última voluntad, su testamento, es un mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» Se les pide que bauticen, es  decir, que incorporen a todos los hombres a la vida de Dios. Y, una vez injertados en Dios, se les pide que los instruyan para que se comporten como divinos que son. La Iglesia está llamada a llevar a todos los pueblos la vida de Dios y a educar a todos los pueblos para que vivan a lo divino. ¿Me siento yo partícipe de esta misión? ¿Me urge comunicar la vida divina que he recibido, o me conformo con ser humanamente bueno y procurar que lo sean los demás?

Pero al contrario que sucede con los testamentos humanos, que se han de cumplir en ausencia del testador, aquí Jesús nos promete su auxilio y presencia: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos». Él está vivo, es el Viviente, y no se despreocupa de los suyos, ni de la misión que les ha encomendado. Esa es nuestro gran consuelo: Jesús está a nuestro lado, todos los días, compartiendo nuestra vida monótona y rutinaria, y dándonos la fuerza para vivirla como una misión destinada a cambiar el mundo entero. ¿Soy consciente de esa presencia que me rodea y me protege?