Evangelio  (Lc 5,17-37)

Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
–«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque os digo que si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.
Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Habéis oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo os digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”.
Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer -no hablo de unión ilegítima – la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo os digo que no juréis en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Comentario

Jesús ha venido a dar plenitud a la ley, y declara que hasta sus preceptos menos importantes son relevantes para Dios. Sin embargo a continuación empieza a corregir esa ley que decía defender. Para él el cumplimiento es por elevación: los preceptos no exigen un cumplimiento formal y mínimo (esa es la justicia de los fariseos, y el Señor nos dice: “si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos”). Los mandamientos orientan por un camino espiritual y moral que hay que profundizar, apuntan a una moral de máximos: “qué es lo que más le agrada a Dios”. ¿En mi vida espiritual qué es más frecuente: plantearme con radicalidad lo que a Dios más le agrada, o preguntarme si esto o aquello es pecado para cumplir los mínimos?

Tampoco el Señor se contenta con el “no matarás”, sino que exige la caridad fraterna, e invita a la reconciliación. ¿Alberga mi corazón resentimiento hacia alguien? ¿Estoy alejado de alguien?

No se conforma el Señor con que nos abstengamos de cometer adulterio, sino que toda mirada contra la castidad es una ofensa a Dios y a los demás en nuestro corazón, y exige una intervención decidida y radical. ¿Mi corazón es puro? ¿Me recreo en miradas o actitudes que afean mi corazón y ofenden a los demás?

Frente a la ley y a la práctica común entre los judíos del divorcio, Jesús eleva la exigencia de la ley remitiéndose a la voluntad primera de Dios: la indisolubilidad del matrimonio. Y, con gran escándalo de los judíos, llega a llamar adulterio a una segunda relación. ¿Estoy dispuesto a acoger la enseñanza del Señor o, como a los judíos, pesan más para mí los usos, constumbres y modas de mi entorno que la Palabra de Dios?

Al Señor no sólo le basta con que nuestros juramentos sean verdaderos, sino que el mismo juramento, el hecho de poner a Dios por testigo de cualquier nimiedad, le parece una ofensa al santo Nombre de Dios. Para él, basta la palabra como testimonio. ¿Soy sincero y fiel a mi palabra, o utilizo a Dios en mi beneficio?